/ viernes 14 de enero de 2022

Enrique del Hierro, el monstruo californiano

En 1956, Enrique del Hierro culminó una larga carrera criminal cuando cometió un doble asesinato en una sola noche...

Cierto o no, los tiempos cambian poco o parece que permanecen iguales y es triste ver cómo las mismas historias que pasaron antes, hoy se repiten. Nada han enseñado los años a la sociedad, siempre cae en los mismos errores.

Parecería como si esta historia acabara de ocurrir, empero no, pasó hace más de medio siglo en la entonces creciente ciudad, que abría los brazos para recibir a sus nuevos moradores, entre los cuales se encontraban tanto personas honradas como rapaces delincuentes.

Aquel aciago día de 1955, una nenita salió de su casa, pero ya no regresó. Cuentan las páginas de El Periódico que Dice lo que Otros Callan que así sucedieron los fatídicos eventos.

El sábado 10 de diciembre de 1955, aproximadamente a las 18 horas, Enrique del Hierro Balbuena -“hombre de equivocadas costumbres”, como apuntó el reportero de aquella época-, invitó a la nena Rita María Castro un refresco para ganarse su confianza.

No obstante, no fue una casualidad que la pequeña se apareciera frente al depredador, sino que tiempo antes, ésta había sido enviada por su madre a un mandado no muy lejos de casa, con la confianza de que era cerca y que en los alrededores los vecinos las conocían.

Sin embargo, el hombre se aprovechó de la inocencia de la niña, con la promesa de comprarle algo para ganarse su confianza. Todavía antes del rapto de Rita María, la nena volvió a su casa con el encargo y preguntó a su madre si podía salir de nuevo, pues un señor le había prometido que le compraría una bebida. Su madre reparó en la pregunta pero se negó rotundamente, aunque la chiquilla decidió que iría de todas maneras, a pesar de la negativa de su madre. De tal suerte, llegó hasta el restaurante El Pollito, donde el homicida se encontraba cenando.

Al acercarse a Enrique, la pequeña le dijo: “Ya vengo para tomarme mi refresco”. Aquel sujeto sonrió con malicia y de inmediato le pidió que se quedara allí con él mientras le traían y se tomaba su bebida. El entonces presunto criminal le dijo: “Dime cuál quieres tomar” y la nenita respondió que una limonada. Permanecieron allí por un tiempo y aunque algunos comensales miraron la escena, en realidad nadie se percató de que aquel sujeto tenía malas intenciones. Finalmente, cuando la nena se terminó su soda y Enrique su comida, ambos salieron del lugar, sin embargo, no tomó cada uno un rumbo diferente, sino que ambos se fueron juntos en una misma dirección sin que nadie objetara el hecho.


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Luego de que la madre de Rita María se dio cuenta de la ausencia de su hija, salió a buscarla. Llegó al restaurante y le preguntó a Elvira, la dueña, que si había visto a Rita, pero aquella le contestó que se había ido con un sujeto al que conocían simplemente como Enrique.

Sin demora, la madre indagó de quién se trataba, pues aquel sujeto no era un vecino establecido, pero no se trataba tampoco de un desconocido, sobre todo por su mala fama.

Al saber la dirección del homicida, con angustia, la madre se dirigió a la casa de aquel tipo que se había llevado a su hijita. Al llegar, se percató de que todas las luces estaban apagadas, pero adentro se escuchaban ruidos.

En efecto, el sádico criminal estaba y respondía desde el interior sin atribularse, ni abrir. Desconsolada, Elda María la mamá de Rita María, lloraba, pues el hombre no le abría ni le quería decir qué había sido de la nena, cuando varios testigos afirmaron que los habían visto irse del restaurante juntos.

Elda María pedía del otro lado de la puerta: “Déjeme ver a mi hija, se lo ruego”. Finalmente, el sádico salió sin que Elda María se diera cuenta (quizá por una puerta trasera o trepando por alguna ventana) y se fue hasta los lavaderos de la casa, donde se encontró a una señora de apellidos Cruz González, quien vio cómo se limpiaba las manos y salía a la calle.

Antes de marcharse para desaparecer luego del crimen, el sinvergüenza todavía tuvo la desfachatez de despedirse de la dueña del restaurante, a quien le dijo: “Mañana le pagó la cena; ahora me voy al cine”.

Tras varias horas, cuando ingresaron a la miserable vivienda del asesino en la calle de Matamoros 55, se pudo constatar con toda certeza que efectivamente él había sido el último en haber visto a la niñita, ya que se encotró su cuerpecito mancillado sobre una infame cama, donde salvajemente la había acribillado a puñaladas.

Auténtico e infame monstruo

“No estoy arrepentido de nada”, dijo la bestia californiana, “mis crímenes han sido cosas de la vida”, aseguró y afirmó que no podía recordar por qué había perpetrado el homicidio contra la pequeña, eso era lo único que le hacía sentir remordimiento

Después de más dos meses y de una delicada y minuciosa investigación, los agentes de la policía local de Veracruz detuvieron al sádico criminal, también llamado Monstruo Californiano, quien había asesinado a una niñita en el Distrito Federal el el 10 de diciembre de 1955, y quien luego de cometer el incalificable atentado huyó rumbo a ese estado.

Fueron los agentes del Servicio Secreto quienes se dirigieron al Puerto de Veracruz para conducir ante un juez penal al asesino Enrique del Hierro Balbuena, para que recibiera el merecido castigo.

De acuerdo con las investigaciones derivadas de la búsqueda y captura del siniestro personaje, se supo que se trataba de lo que se conoce como “toda una ficha”, pues aunque se pensó que la muerte de la pequeñita Rita María Lara Castro fue la culminación de su carrera homicida, todavía faltaría desentrañar más sobre este sujeto para saber que ya antes había cometido varios asesinatos, tanto en México como en Estados Unidos, pues en Los Ángeles y en Nueva York la policía lo buscaba también, no solamente por haber asesinado a dos personas, sino por tráfico y contrabando. Su captura fue, en cierto sentido, azarosa, ya que los policías del puerto lograron encontrarlo dentro de una humilde casita, donde se había ocultado después de la última tropelía.

Confesó más homicidios

La sorpresa que se llevaron las autoridades cuando tuvieron en custodia a Enrique del Hierro fue mayúscula, pues una vez sin poder evadir la justicia, comenzó a relatar sus infames actos de la noche en cuestión.

Resulta ser que aquel 10 de diciembre, el asesinato de Rita María no fue el único, pues el mismo día, con tan sólo media hora de diferencia, perpetró otro crimen, no muy lejos de donde había llevado a cabo su primera infamia. El sádico monstruo en ese entonces vivía en Matamoros 55 esquina con Comonfort 84. Se decía o era una verdad velada, que aquellas calles no eran las más seguras del entonces Distrito Federal, y más bien era lo que ahora se conoce como foco rojo.

De acuerdo con la información de ese momento, a ese sitio se le llamaba “madriguera de marihuanos degenerados”, pues vivía por la zona toda clase de facinerosos y muchos de ellos en la propiedad de una mujer apodada La Acapulqueña, quien en los bajos círculos del hampa se decía que era amante de un agente secreto, quién se había convertido en protector de todos esos delincuentes. Pues bien, luego de que Enrique del Hierro engañó a la pequeña Rita María y la llevó hasta su pocilga para estrangularla y apuñalarla repetidamente hasta en diez ocasiones, víctima de sus perversos instintos, encontró a Julia Edith Sanders.

El sádico monstruo relató que cuando se topó de frente con Julia, le dijo algo que recordó, y por tal motivo ella lo rasguñó; sin embargo, como estaba demasiado drogado, el coraje y la furia se apoderaron de él, por tal motivo, levantó una piedra del suelo y se la aventó, tras lo cual inmediatamente cayó.

Finalmente, no recordaba si la había arrastrado, pero llegó hasta un lote abandonado, en donde después de haberle dado 21 puñaladas todavía la degolló. Ante la autoridad, afirmó que no pretendía violarla, pero varios testigos estaban convencidos de que el asesino la mató para saciar sus instintos sexuales.

Sin embargo, los peritajes demostraron lo contrario, es decir, que también pretendía profanar su cadáver, ya que de acuerdo con el reporte de los agentes, con el mismo puñal que había apuñalado tanto a la chiquilla como a Julia, a ésta le desgarró sus ropas íntimas, pero como se vio sorprendido por un hombre que pasaba por el lugar, tuvo que huir.

Quiso morir en la silla eléctrica

Acorralado y sin escapatoria, con todo en su contra, desde sus propias declaraciones, hasta las declaraciones de los testigos, e incluso, con la comprobación de sus antecedentes, a Enrique del Hierro Balbuena no le quedó más que aceptar poco a poco y miserablemente sus crímenes.

Había un cinismo crispante cuando el monstruo norteamericano relataba sus últimos asesinatos, el de la pequeña Rita María y, minutos después, el de la joven señora Julia Edith, pero quiso salir airoso de tal faena al culpar a las mujeres como las responsables de haber arruinado su vida y que, por tal motivo, las odiaba.

Luego, como un acto premeditado, comenzó a llorar ante los espectadores, medios de comunicación, jueces y abogados con el sólo objetivo de impresionar a los oyentes, pues admitió que sus crímenes habían sido lo más espantoso, cobarde y repugnante que podía cometer un ser humano y que sólo con su vida podría pagar todo el mal que había causado.

Y aunque sus palabras parecían dichas a la ligera, lo cierto es que a Enrique del Hierro Balbuena desde hacía más de un año lo esperaba la silla eléctrica. Por tal motivo, dijo en tono patético: “Prefiero que me manden para allá, para que me quemen; y lo prefiero porque eso de pasar otros 20 años en prisión… volver a la cárcel es algo tremendo. Ahora, con esto que hice aquí, es bastante para que me truenen donde sea”.

Pero su discurso parecía artificial, como si actuara para no enfrentar la realidad, como si alguien pudiera creer sus falsedades, ya que todo lo hundía, con y sin declaración suya. Y aunque pedía la silla eléctrica, bien sabía y era consciente de que primero debería pagar los asesinatos cometidos en México y después retornar a su terruño a ajustar cuentas con la ley.

La pena máxima (y él lo sabía) en ese entonces alcanzaba sólo a 40 años de cárcel en México, lo cual significaba que de cumplirse la ley saldría libre al cumplir 82 años; sin embargo, astuto como era, confiaba salir antes, burlando a la justicia, ya que no había podido contener su vanidad y había relatado a los cuatro vientos que había evadido en varias ocasiones algunas prisiones yanquis en el pasado.

Confirman su historia criminal

Era increíble pensar que un sujeto inteligente como Del Hierro Balbuena tuviera los antecedentes que decía, sobre todo porque viajaba libremente por varios países sin que la justicia lo persiguiera, aunque hubiera acabado con la vida de varias personas.

Por tal motivo, las autoridades mexicanas se dieron a la tarea de corroborar la historia de este sujeto al que se le llegó a comparar con “El Pelón” Sobera. Y para no dejar en duda la historia relatada por el mismo archiasesino, el jefe del Servicio Secreto del Distrito Federal, coronel Manuel Mendoza Domínguez, mostró algunos documentos oficiales enviados por las autoridades estadounidenses.

Se trataba de una tarjeta con membrete de la división criminal, identificación, investigación del Departamento de Justicia de Sacramento, California, donde constaba que Enrique del Hierro había sido huésped de San Quintín y de la penitenciaría de Folsom, presidios para los delincuentes más sanguinarios y peligrosos.

El documento que mayor peso tenía, constaba de un oficio que databa del 29 de marzo de 1955, enviado por Karl Crevel, asistente del procurador de Justicia del Condado de Nueva York, al general Miguel Molinar, en el cual se leía lo siguiente:

“Santiago Balbuena ha sido acusado de haber cometido el crimen de homicidio con agravantes en primer grado. Estaba acusado de dar muerte a tiros a dos hombres en el condado de Nueva York en febrero 11 de 1955 y, después de cometido el crimen, huyó. Hemos sido informados que actualmente se encuentra en la Ciudad de México usando el nombre de Enrique del Hierro. Será de estimación para nosotros si ustedes hicieran una investigación confidencial, a fin de lograr su aprehensión... ”

Murió tras las rejas

Su historia se convirtió en una novela. El mismo cínico depredador que había asesinado a una pequeña y poco tiempo después a otra mujer en un mismo día; ese que era buscado por la policía de Nueva York, de pronto se encontraba en medio de la fama por sus atroces crímenes y parecía no sentir pena, sino placer.

Situado en la antesala de lo que sería en el futuro la fama (una que nunca llegó), pensaba que saldría, de alguna u otra forma, de ese embrollo, como si se tratara de una pesadilla de la que habría de despertar.

Afirmaba en sus declaraciones haber conocido a John Dillinger “El Enemigo Público Número Uno” de Estados Unidos; admiraba a Al Capone y presumía su amistad con el escritor y criminal -como él-, Caryl Chessman, autor del libro Celda 4455, a quien habría conocido en la cárcel de San Quintín.

Como todos los reflectores estaban frente a él, en sus quince minutos de fama, presentado ante la prensa, con aire soberbio comentaba de manera lacónica: “No le tengo miedo a la muerte, porque en dos ocasiones estuve a punto de morir”.

Con cada minuto transcurrido y cada comentario y pregunta que se le formulaba, parecía exacerbar más su inteligencia, porque respondía con prontitud, caso como queriendo establecer que él era más listo que los allí presentes.

Y cuando le preguntaban sobre los asesinatos que había cometido en diciembre, con impecable voz, firme y sin titubear, decía que era de lo único que se arrepentía, porque no estaba en sí cuando actuó de esa manera. Pero al final, esbozaba una tétrica sonrisa, para rematar diciendo que prefería que lo mandaran de regreso a su país, para que allí encontrara su final en la silla eléctrica; pero tal hecho no ocurriría, puesto que primero debería pagar ante la justicia mexicana.

Odiaba a las mujeres

Según relató a los medios, desde muy pequeño su vida fue una desventura y sobre todo en el tema de las relaciones con las mujeres. Su madre falleció cuando él era muy pequeño y se quedó al cuidado de sus hermanas, quienes tampoco le brindaban la atención que él necesitaba.

Su padre no fue un hombre ejemplar, aunque estuvo al menos como una figura a la que podía recordar, pero como un alcohólico que se violentaba a cada rato. En su primera juventud se enamoró de una mujer mayor que él, a la que quiso con desesperada inquietud, con ella aprendió los placeres ciegos.

Ella trabajaba en una casa de citas, donde su cuerpo lo comerciaba por dinero sucio, pues su vida había sido también un suplicio y aprendió que de los hombres no podía fiarse, pese a que Enrique le había jurado amor eterno.

Enrique comenzó a trabajar para poder irse con ella a vivir. Le entregaba continuamente algunas cantidades de dinero, para que cuando llegara el momento, tuvieran con qué iniciar una nueva vida.

Sin embargo, un día cuando llegó a ver a su adorada Rosalía, ésta se burló de él, ya que se encontraba al amparo de otros brazos más viriles y violentos, por lo cual el joven Enrique se había quedado sin nada y con un mal sabor de boca en el amor.

Sus desventuras no acabaron, ya que fueron una constante que se repetía y casi siempre caía en el mismo error.

Hasta que un día, cansado de errar, decidió que no quería nada más de las mujeres, más que tratarlas mal, su odio había germinado y luego había crecido hasta tal punto que le resultaba casi repulsivo sentir ternura, por ello pronto se convirtió en un criminal.

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Admiraba a otros delincuentes

Así pues, cuando comenzó a delinquir pronto se fue acercando a los delincuentes más renombrados de aquella época, resaltando su cercanía con John Dillinger, según contaba, pero nunca pudo saberse si fue cierto o no, aunque habría sido (en el mundo del hampa) una gran hazaña.

Asimismo, trabó amistad con un preso famoso en la prisión de Folson, Caryl Chessman, quien había sido condenado a la cámara de gas, pero durante mucho tiempo logró prolongar la agonía con recursos ante la ley, hasta que finalmente la pena se cumplió.

En ese tiempo logró escribir una novela sobre las vicisitudes del corredor de la muerte. Y, en ese sentido, Enrique del Hierro llegó a compararse con aquél, pues pensaba a futuro, ya instalado en prisión, y se visualizaba como un gran escritor que hablaría sobre su pasado y cómo conoció la pena, la culpa y la condena para después hallar el perdón.

No sucedió así, ya que luego de sus quince minutos de fama y la mayor sentencia que existía en ese momento, “El Monstruo Californiano”, el sádico asesino, encontró el olvido y el olvido lo sacó de la memoria de las personas, quedando incluso fuera de los anales de la criminología nacional, a pesar de la similitud que habían hecho entre éste y “El Pelón” Sobera.

Ese fue su fin, el olvido.

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Cierto o no, los tiempos cambian poco o parece que permanecen iguales y es triste ver cómo las mismas historias que pasaron antes, hoy se repiten. Nada han enseñado los años a la sociedad, siempre cae en los mismos errores.

Parecería como si esta historia acabara de ocurrir, empero no, pasó hace más de medio siglo en la entonces creciente ciudad, que abría los brazos para recibir a sus nuevos moradores, entre los cuales se encontraban tanto personas honradas como rapaces delincuentes.

Aquel aciago día de 1955, una nenita salió de su casa, pero ya no regresó. Cuentan las páginas de El Periódico que Dice lo que Otros Callan que así sucedieron los fatídicos eventos.

El sábado 10 de diciembre de 1955, aproximadamente a las 18 horas, Enrique del Hierro Balbuena -“hombre de equivocadas costumbres”, como apuntó el reportero de aquella época-, invitó a la nena Rita María Castro un refresco para ganarse su confianza.

No obstante, no fue una casualidad que la pequeña se apareciera frente al depredador, sino que tiempo antes, ésta había sido enviada por su madre a un mandado no muy lejos de casa, con la confianza de que era cerca y que en los alrededores los vecinos las conocían.

Sin embargo, el hombre se aprovechó de la inocencia de la niña, con la promesa de comprarle algo para ganarse su confianza. Todavía antes del rapto de Rita María, la nena volvió a su casa con el encargo y preguntó a su madre si podía salir de nuevo, pues un señor le había prometido que le compraría una bebida. Su madre reparó en la pregunta pero se negó rotundamente, aunque la chiquilla decidió que iría de todas maneras, a pesar de la negativa de su madre. De tal suerte, llegó hasta el restaurante El Pollito, donde el homicida se encontraba cenando.

Al acercarse a Enrique, la pequeña le dijo: “Ya vengo para tomarme mi refresco”. Aquel sujeto sonrió con malicia y de inmediato le pidió que se quedara allí con él mientras le traían y se tomaba su bebida. El entonces presunto criminal le dijo: “Dime cuál quieres tomar” y la nenita respondió que una limonada. Permanecieron allí por un tiempo y aunque algunos comensales miraron la escena, en realidad nadie se percató de que aquel sujeto tenía malas intenciones. Finalmente, cuando la nena se terminó su soda y Enrique su comida, ambos salieron del lugar, sin embargo, no tomó cada uno un rumbo diferente, sino que ambos se fueron juntos en una misma dirección sin que nadie objetara el hecho.


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Luego de que la madre de Rita María se dio cuenta de la ausencia de su hija, salió a buscarla. Llegó al restaurante y le preguntó a Elvira, la dueña, que si había visto a Rita, pero aquella le contestó que se había ido con un sujeto al que conocían simplemente como Enrique.

Sin demora, la madre indagó de quién se trataba, pues aquel sujeto no era un vecino establecido, pero no se trataba tampoco de un desconocido, sobre todo por su mala fama.

Al saber la dirección del homicida, con angustia, la madre se dirigió a la casa de aquel tipo que se había llevado a su hijita. Al llegar, se percató de que todas las luces estaban apagadas, pero adentro se escuchaban ruidos.

En efecto, el sádico criminal estaba y respondía desde el interior sin atribularse, ni abrir. Desconsolada, Elda María la mamá de Rita María, lloraba, pues el hombre no le abría ni le quería decir qué había sido de la nena, cuando varios testigos afirmaron que los habían visto irse del restaurante juntos.

Elda María pedía del otro lado de la puerta: “Déjeme ver a mi hija, se lo ruego”. Finalmente, el sádico salió sin que Elda María se diera cuenta (quizá por una puerta trasera o trepando por alguna ventana) y se fue hasta los lavaderos de la casa, donde se encontró a una señora de apellidos Cruz González, quien vio cómo se limpiaba las manos y salía a la calle.

Antes de marcharse para desaparecer luego del crimen, el sinvergüenza todavía tuvo la desfachatez de despedirse de la dueña del restaurante, a quien le dijo: “Mañana le pagó la cena; ahora me voy al cine”.

Tras varias horas, cuando ingresaron a la miserable vivienda del asesino en la calle de Matamoros 55, se pudo constatar con toda certeza que efectivamente él había sido el último en haber visto a la niñita, ya que se encotró su cuerpecito mancillado sobre una infame cama, donde salvajemente la había acribillado a puñaladas.

Auténtico e infame monstruo

“No estoy arrepentido de nada”, dijo la bestia californiana, “mis crímenes han sido cosas de la vida”, aseguró y afirmó que no podía recordar por qué había perpetrado el homicidio contra la pequeña, eso era lo único que le hacía sentir remordimiento

Después de más dos meses y de una delicada y minuciosa investigación, los agentes de la policía local de Veracruz detuvieron al sádico criminal, también llamado Monstruo Californiano, quien había asesinado a una niñita en el Distrito Federal el el 10 de diciembre de 1955, y quien luego de cometer el incalificable atentado huyó rumbo a ese estado.

Fueron los agentes del Servicio Secreto quienes se dirigieron al Puerto de Veracruz para conducir ante un juez penal al asesino Enrique del Hierro Balbuena, para que recibiera el merecido castigo.

De acuerdo con las investigaciones derivadas de la búsqueda y captura del siniestro personaje, se supo que se trataba de lo que se conoce como “toda una ficha”, pues aunque se pensó que la muerte de la pequeñita Rita María Lara Castro fue la culminación de su carrera homicida, todavía faltaría desentrañar más sobre este sujeto para saber que ya antes había cometido varios asesinatos, tanto en México como en Estados Unidos, pues en Los Ángeles y en Nueva York la policía lo buscaba también, no solamente por haber asesinado a dos personas, sino por tráfico y contrabando. Su captura fue, en cierto sentido, azarosa, ya que los policías del puerto lograron encontrarlo dentro de una humilde casita, donde se había ocultado después de la última tropelía.

Confesó más homicidios

La sorpresa que se llevaron las autoridades cuando tuvieron en custodia a Enrique del Hierro fue mayúscula, pues una vez sin poder evadir la justicia, comenzó a relatar sus infames actos de la noche en cuestión.

Resulta ser que aquel 10 de diciembre, el asesinato de Rita María no fue el único, pues el mismo día, con tan sólo media hora de diferencia, perpetró otro crimen, no muy lejos de donde había llevado a cabo su primera infamia. El sádico monstruo en ese entonces vivía en Matamoros 55 esquina con Comonfort 84. Se decía o era una verdad velada, que aquellas calles no eran las más seguras del entonces Distrito Federal, y más bien era lo que ahora se conoce como foco rojo.

De acuerdo con la información de ese momento, a ese sitio se le llamaba “madriguera de marihuanos degenerados”, pues vivía por la zona toda clase de facinerosos y muchos de ellos en la propiedad de una mujer apodada La Acapulqueña, quien en los bajos círculos del hampa se decía que era amante de un agente secreto, quién se había convertido en protector de todos esos delincuentes. Pues bien, luego de que Enrique del Hierro engañó a la pequeña Rita María y la llevó hasta su pocilga para estrangularla y apuñalarla repetidamente hasta en diez ocasiones, víctima de sus perversos instintos, encontró a Julia Edith Sanders.

El sádico monstruo relató que cuando se topó de frente con Julia, le dijo algo que recordó, y por tal motivo ella lo rasguñó; sin embargo, como estaba demasiado drogado, el coraje y la furia se apoderaron de él, por tal motivo, levantó una piedra del suelo y se la aventó, tras lo cual inmediatamente cayó.

Finalmente, no recordaba si la había arrastrado, pero llegó hasta un lote abandonado, en donde después de haberle dado 21 puñaladas todavía la degolló. Ante la autoridad, afirmó que no pretendía violarla, pero varios testigos estaban convencidos de que el asesino la mató para saciar sus instintos sexuales.

Sin embargo, los peritajes demostraron lo contrario, es decir, que también pretendía profanar su cadáver, ya que de acuerdo con el reporte de los agentes, con el mismo puñal que había apuñalado tanto a la chiquilla como a Julia, a ésta le desgarró sus ropas íntimas, pero como se vio sorprendido por un hombre que pasaba por el lugar, tuvo que huir.

Quiso morir en la silla eléctrica

Acorralado y sin escapatoria, con todo en su contra, desde sus propias declaraciones, hasta las declaraciones de los testigos, e incluso, con la comprobación de sus antecedentes, a Enrique del Hierro Balbuena no le quedó más que aceptar poco a poco y miserablemente sus crímenes.

Había un cinismo crispante cuando el monstruo norteamericano relataba sus últimos asesinatos, el de la pequeña Rita María y, minutos después, el de la joven señora Julia Edith, pero quiso salir airoso de tal faena al culpar a las mujeres como las responsables de haber arruinado su vida y que, por tal motivo, las odiaba.

Luego, como un acto premeditado, comenzó a llorar ante los espectadores, medios de comunicación, jueces y abogados con el sólo objetivo de impresionar a los oyentes, pues admitió que sus crímenes habían sido lo más espantoso, cobarde y repugnante que podía cometer un ser humano y que sólo con su vida podría pagar todo el mal que había causado.

Y aunque sus palabras parecían dichas a la ligera, lo cierto es que a Enrique del Hierro Balbuena desde hacía más de un año lo esperaba la silla eléctrica. Por tal motivo, dijo en tono patético: “Prefiero que me manden para allá, para que me quemen; y lo prefiero porque eso de pasar otros 20 años en prisión… volver a la cárcel es algo tremendo. Ahora, con esto que hice aquí, es bastante para que me truenen donde sea”.

Pero su discurso parecía artificial, como si actuara para no enfrentar la realidad, como si alguien pudiera creer sus falsedades, ya que todo lo hundía, con y sin declaración suya. Y aunque pedía la silla eléctrica, bien sabía y era consciente de que primero debería pagar los asesinatos cometidos en México y después retornar a su terruño a ajustar cuentas con la ley.

La pena máxima (y él lo sabía) en ese entonces alcanzaba sólo a 40 años de cárcel en México, lo cual significaba que de cumplirse la ley saldría libre al cumplir 82 años; sin embargo, astuto como era, confiaba salir antes, burlando a la justicia, ya que no había podido contener su vanidad y había relatado a los cuatro vientos que había evadido en varias ocasiones algunas prisiones yanquis en el pasado.

Confirman su historia criminal

Era increíble pensar que un sujeto inteligente como Del Hierro Balbuena tuviera los antecedentes que decía, sobre todo porque viajaba libremente por varios países sin que la justicia lo persiguiera, aunque hubiera acabado con la vida de varias personas.

Por tal motivo, las autoridades mexicanas se dieron a la tarea de corroborar la historia de este sujeto al que se le llegó a comparar con “El Pelón” Sobera. Y para no dejar en duda la historia relatada por el mismo archiasesino, el jefe del Servicio Secreto del Distrito Federal, coronel Manuel Mendoza Domínguez, mostró algunos documentos oficiales enviados por las autoridades estadounidenses.

Se trataba de una tarjeta con membrete de la división criminal, identificación, investigación del Departamento de Justicia de Sacramento, California, donde constaba que Enrique del Hierro había sido huésped de San Quintín y de la penitenciaría de Folsom, presidios para los delincuentes más sanguinarios y peligrosos.

El documento que mayor peso tenía, constaba de un oficio que databa del 29 de marzo de 1955, enviado por Karl Crevel, asistente del procurador de Justicia del Condado de Nueva York, al general Miguel Molinar, en el cual se leía lo siguiente:

“Santiago Balbuena ha sido acusado de haber cometido el crimen de homicidio con agravantes en primer grado. Estaba acusado de dar muerte a tiros a dos hombres en el condado de Nueva York en febrero 11 de 1955 y, después de cometido el crimen, huyó. Hemos sido informados que actualmente se encuentra en la Ciudad de México usando el nombre de Enrique del Hierro. Será de estimación para nosotros si ustedes hicieran una investigación confidencial, a fin de lograr su aprehensión... ”

Murió tras las rejas

Su historia se convirtió en una novela. El mismo cínico depredador que había asesinado a una pequeña y poco tiempo después a otra mujer en un mismo día; ese que era buscado por la policía de Nueva York, de pronto se encontraba en medio de la fama por sus atroces crímenes y parecía no sentir pena, sino placer.

Situado en la antesala de lo que sería en el futuro la fama (una que nunca llegó), pensaba que saldría, de alguna u otra forma, de ese embrollo, como si se tratara de una pesadilla de la que habría de despertar.

Afirmaba en sus declaraciones haber conocido a John Dillinger “El Enemigo Público Número Uno” de Estados Unidos; admiraba a Al Capone y presumía su amistad con el escritor y criminal -como él-, Caryl Chessman, autor del libro Celda 4455, a quien habría conocido en la cárcel de San Quintín.

Como todos los reflectores estaban frente a él, en sus quince minutos de fama, presentado ante la prensa, con aire soberbio comentaba de manera lacónica: “No le tengo miedo a la muerte, porque en dos ocasiones estuve a punto de morir”.

Con cada minuto transcurrido y cada comentario y pregunta que se le formulaba, parecía exacerbar más su inteligencia, porque respondía con prontitud, caso como queriendo establecer que él era más listo que los allí presentes.

Y cuando le preguntaban sobre los asesinatos que había cometido en diciembre, con impecable voz, firme y sin titubear, decía que era de lo único que se arrepentía, porque no estaba en sí cuando actuó de esa manera. Pero al final, esbozaba una tétrica sonrisa, para rematar diciendo que prefería que lo mandaran de regreso a su país, para que allí encontrara su final en la silla eléctrica; pero tal hecho no ocurriría, puesto que primero debería pagar ante la justicia mexicana.

Odiaba a las mujeres

Según relató a los medios, desde muy pequeño su vida fue una desventura y sobre todo en el tema de las relaciones con las mujeres. Su madre falleció cuando él era muy pequeño y se quedó al cuidado de sus hermanas, quienes tampoco le brindaban la atención que él necesitaba.

Su padre no fue un hombre ejemplar, aunque estuvo al menos como una figura a la que podía recordar, pero como un alcohólico que se violentaba a cada rato. En su primera juventud se enamoró de una mujer mayor que él, a la que quiso con desesperada inquietud, con ella aprendió los placeres ciegos.

Ella trabajaba en una casa de citas, donde su cuerpo lo comerciaba por dinero sucio, pues su vida había sido también un suplicio y aprendió que de los hombres no podía fiarse, pese a que Enrique le había jurado amor eterno.

Enrique comenzó a trabajar para poder irse con ella a vivir. Le entregaba continuamente algunas cantidades de dinero, para que cuando llegara el momento, tuvieran con qué iniciar una nueva vida.

Sin embargo, un día cuando llegó a ver a su adorada Rosalía, ésta se burló de él, ya que se encontraba al amparo de otros brazos más viriles y violentos, por lo cual el joven Enrique se había quedado sin nada y con un mal sabor de boca en el amor.

Sus desventuras no acabaron, ya que fueron una constante que se repetía y casi siempre caía en el mismo error.

Hasta que un día, cansado de errar, decidió que no quería nada más de las mujeres, más que tratarlas mal, su odio había germinado y luego había crecido hasta tal punto que le resultaba casi repulsivo sentir ternura, por ello pronto se convirtió en un criminal.

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Admiraba a otros delincuentes

Así pues, cuando comenzó a delinquir pronto se fue acercando a los delincuentes más renombrados de aquella época, resaltando su cercanía con John Dillinger, según contaba, pero nunca pudo saberse si fue cierto o no, aunque habría sido (en el mundo del hampa) una gran hazaña.

Asimismo, trabó amistad con un preso famoso en la prisión de Folson, Caryl Chessman, quien había sido condenado a la cámara de gas, pero durante mucho tiempo logró prolongar la agonía con recursos ante la ley, hasta que finalmente la pena se cumplió.

En ese tiempo logró escribir una novela sobre las vicisitudes del corredor de la muerte. Y, en ese sentido, Enrique del Hierro llegó a compararse con aquél, pues pensaba a futuro, ya instalado en prisión, y se visualizaba como un gran escritor que hablaría sobre su pasado y cómo conoció la pena, la culpa y la condena para después hallar el perdón.

No sucedió así, ya que luego de sus quince minutos de fama y la mayor sentencia que existía en ese momento, “El Monstruo Californiano”, el sádico asesino, encontró el olvido y el olvido lo sacó de la memoria de las personas, quedando incluso fuera de los anales de la criminología nacional, a pesar de la similitud que habían hecho entre éste y “El Pelón” Sobera.

Ese fue su fin, el olvido.

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