/ viernes 8 de julio de 2022

El quíntuple asesinato de la familia Balderas

El crimen de la familia Balderas, en 1996, estuvo relacionado con la venganza, el odio y la violencia; se pensó que había sido una ejecución al estilo mafioso, pero la verdad detrás del caso fue más brutal

La mañana del 5 de diciembre de 1996, la policía del entonces Distrito Federal se presentó en el callejón Donato Guerra, debido a que los vecinos habían reportado un auto abandonado en el estacionamiento de una tintorería, el cual tenía las puertas entreabiertas.

Al sitio se presentaron algunos uniformados, quienes se dieron a la tarea de inspeccionar la situación, todavía sin imaginar la brutalidad siniestra detrás de lo que, al parecer, se trataba de un simple robo de auto.

Lograron determinar que el vehículo, un Mustang rojo, pertenecía a un hombre que respondía al nombre Fernando Balderas, con domicilio en el número 360 de la calle Crestón, en la colonia Jardines del Pedregal. Así pues, luego de cerciorarse de que no contaba con reporte de robo, hicieron la diligencia a la casa del señor Balderas para notificarle que debía mover su vehículo.

Algunas patrullas se apostaron al frente de la residencia de la familia Balderas y, al principio, solo un elemento se encargó de acercarse a llamar a la puerta, esperando dialogar con el dueño del coche y quizás de la residencia para así dar por terminada su labor.

Sin embargo, cuando notó que algo no parecía normal, en cuanto a que las puertas no estaban entornadas, llamó a sus compañeros, quienes se acercaron a observar con detenimiento a través de un resquicio que había.

No alcanzaron a percibir algo concreto, pero la duda generada por el tenso ambiente al interior, aunado a su sentido de sabueso, los puso en alerta. Llamaron ya no sólo con golpes secos en la puerta sino con la voz firme y fuerte; volvieron a tocar con mayor fuerza la puerta e insistieron por el interfón.

Es común que en aquella zona de la ciudad las casas sean de gran extensión de terreno y sus construcciones amplias, por lo cual, en la mayoría de los casos, se apoyan con servidumbre, como choferes, sirvientas, etcétera, para diversas labores; sin embargo, ni un alma parecía estar allí. No había rastro de vida.

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Entonces, tomaron la determinación de ingresar al domicilio, toda vez que los elementos sospechosos se acumularon desde el auto abandonadon, la puerta principal de la mansión entreabierta, que nadie contestaba a los llamados y había un silencio sepulcral.

Al ingresar en la casa, lo primero que percibieron los agentes fue un fuerte olor a muerte, la sangre derramada y los rastros de una batalla o de una masacre. Casi se podía escuchar lamentos y gritos de terror como si éstos hubieran esperado a que alguien llegara para manifestarse. Era un eco mortal.

Poco a poco se fue descubriendo una escena sangrienta, como extraída de una noche de pesadilla. En las diferentes habitaciones, los cuerpos de seis personas fueron descubiertos, todos asesinados tétricamente sin escrúpulos, casi como lo hace un hombre del campo con un conejo o una gallina, sin sentir que hace algo malo; les tuerce el pescuezo y luego los desuella. Y por dentro no siente el mínimo reparo, porque lo ha hecho tantas veces para poder comer el pan suyo de cada día.

Los primeros en ser encontrados fueron los cuerpos del matrimonio, Fernando Balderas Sánchez y Yolanda Figueroa, dos personajes cuya historia es aún más turbulenta y sórdida de lo que ya el asesinato planteaba.

Luego, los cuerpos de Patricia Aline, Paul Farid y Fernando Carlos de 18, 13 y 8 años, fueron hallados cada uno en su habitación, completamente bañados en sangre; y, como si al final de la infame hazaña los perpetradores hubieran sentido remordimiento, intentaron cubrirlos con algunos cobertores, pero todo resultó añadir más misterio al caso. Fueron dos grandes interrogantes: ¿por qué? y ¿quién pudo hacer eso?

Pero la incertidumbre creció cuando a uno de los seis cuerpos le detectaron signos vitales. Se trataba del chofer de la familia, que tenía la cabeza completamente ensangrentada y parecía deshecha como si lo hubieran molido a palos, pero aún semiconsciente.

Antes de perder el conocimiento, indicó el nombre de un familiar de la familia Balderas que, supuestamente, podría haber sido el responsable, ya que tenía viejas rencillas con Fernando Balderas Sánchez.

Una cuestión trascendió a primera vista para los investigadores y fue que todos los cuerpos presentaban en la cabeza una herida que parecía ser la de un disparo del tipo “tiro de gracia”, a manera de ejecución.

Cuando los vecinos se enteraron y rindieron sus primeras declaraciones, aseguraron que había sido el martes 4 de diciembre cuando escucharon ruidos extraños provenientes de la casa de la familia Balderas Figueroa, pero que no le dieron mucha importancia, ya que el ruido cesó pronto y ellos olvidaron casi de inmediato el asunto.

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CONFESIÓN TÉTRICA Y SIN TEMOR

Al realizar las primeras diligencias, los agentes investigadores se plantearon la posibilidad de que los asesinatos estuvieran relacionados con una venganza entre capos de la droga o con actividades ilícitas, ya que Ferndando Balderas -que había sido coordinador de asesores de la Policía Judicial del Distrito Federal (PJDF)- contaba con antecedentes penales por robo, extorsión, privación de la libertad, entre otros cargos.

Por su parte, su esposa, Yolanda Figueroa, había publicado un libro que abordaba aspectos del capo Juan García Ábrego, quien había sido capturado hacía un par de meses y, a decir de algunos colegas, el texto de su autoría no estaba documentado con precisión, sino más bien contenía datos sin validez, casi como chismes, lo cual le habría valido la inquina del capo. En cualquiera de las dos líneas, la venganza era la más sólida de las posibilidades.

La historia de la familia Balderas Figueroa era asaz peculiar. Amasaron una inmensa fortuna en un tiempo muy corto, pero era de llamar la atención que el modo de adquirirla no concordaba con sus actividades laborales.

Entre sus posesiones se encontraba la lujosa residencia en Jardines del Pedregal, además, no hacía mucho tiempo habían fundado una revista intitulada Cuarto Poder, cuya sede se ubicaba en Copa de Oro, en Ciudad Jardín; asimismo, contaban con una caballeriza en el Ajusco y un taller -que presumiblemente comerciaba con autos ilegales- en la céntrica calle de Izazaga y Eje Central Lázaro Cárdenas.

El excoordinador de asesores de la PJDF varias veces fue requerido por la autoridad mediante orden de aprehensión, pues se le acusó de extorsionar a agentes judiciales y comandantes; además, a través de su revista, se convirtió en artífice de la infame “lista de narcoperiodistas”, supuestamente inventada contra sus oponentes para ingresar a las filas de la PGR.

Todos estos elementos hacían pensar hasta al mejor y más perspicaz agente investigador que la respuesta se encontraba detrás de estos hechos. No había que buscarle tres pies al gato, simplemente seguir la línea que se presentaba ante ellos.

Sin embargo, había algo que no encajaba en todo el caso, que deshacía todas las conjeturas respecto al hecho evidente del asesinato contra la familia debido a sus actividades. ¿Por qué habían dejado a una persona con vida?

A todos los integrantes de la familia les habían dado el golpe de gracia en la cabeza con un objeto que se incrustó dentro de sus testas, acabando con sus vidas de manera instantánea; pero ¿por qué al chofer no le habían aplicado el mismo remedio contra la vida?

En tanto las investigaciones continuaban, también las autoridades esperaban que el sobreviviente despertara para que diera luz sobre el caso y, sólo de ese modo, poder llegar a la conclusión y obtener justicia.

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FUERTES SOSPECHAS CONTRA EL CHOFER

Finalmente, luego de permanecer en el Hospital Xoco por 19 días en terapia intensiva y bajo un fuerte dispositivo de seguridad, Alejandro Pérez de la Rosa, quien presentaba traumatismo craneoencefálico, no estaba en coma, como se había referido inicialmente en las declaraciones de los investigadores, sino sólo lo mantenían fuertemente sedado.

El chofer de la familia Balderas Figueroa confesó, pero su relato estaba lleno de sexo, violencia, abuso, venganza y asesinato. Aceptó haber asesinado sólo a algunos miembros de la familia, pero no a todos; asimismo, indicó que el quíntuple homicidio lo realizó en complicidad con el jardinero Martín Hernández y su esposa Josefina Hernández, ya que Fernando Balderas había violado a Josefina y luego había intentado abusar sexualmente de María, la concubina de Alejandro. De acuerdo con Pérez de la Rosa, el director de la revista Cuarto Poder y editor de la periodista Yolanda Figueroa, se había convertido en un monstruo sexual luego del éxito del libro de su esposa, en relación con el capo de las drogas Juan García Ábrego.

Meses después de la publicación, Balderas comenzó a abusar sexualmente de la mujer que ayudaba con las labores domésticas (la esposa del jardinero), así como también había intentado abusar de la concubina del chofer, en la misma mansión donde vivía con su familia.

Despiadado y cruel, Balderas se sentía realmente poderoso, debido a que en varias ocasiones había sido requerido por la justicia mediante orden de aprehensión, pero en ninguna lo habían detenido, siempre impune, ya fuera por violación, secuestro, extorsión.

Parecía tener un vínculo oscuro y secreto con las mismas autoridades, que se mostraban endebles para detener al monstruo. Pero el que a hierro mata a hierro muere, como suele decirse. Y la negra suerte que le deparaba su destino arrastraría a su familia junto con él.

Por tal motivo, desesperanzados, el jardinero y el chofer, así como Josefina, decidieron matar a la pareja, porque -según Pérez de la Rosa- la esposa sabía todo lo que ocurría en su casa, pero nunca dijo nada; era periodista, debía estar al tanto.

Al parecer, tres días antes de perpetrar los asesinatos habían decidido matar al jefe de familia y a la esposa; sin embargo, pronto cambiaron de idea, porque si dejaban vivos a los hijos,éstos podrían poner en sobreaviso a las autoridades, por lo cual debían acabar con todos y no dejar cabos sueltos. Así, el día del delito tramaron todo.

Pero pronto la codicia se presentó ante los asesinos, ya que luego de acabar con la vida de la familia Balderas Figueroa, los hombres discutieron, pues no estaban de acuerdo en la repartición del dinero y las joyas que encontraron en la casa y que habían decidido robar.

Así pues, Martín y Josefina atacaron a su cómplice Alejandro de la Rosa y lo dieron por muerto, dejándolo gravemente herido y desangrándose.

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BUSCÓ VENGARSE DE FORMA CRUEL

El lunes 23 de diciembre de 1996, la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF) informó a LA PRENSA que durante la madrugada, Alejandro Pérez de la Rosa había sido trasladado de Xoco a la escena del crimen para que relatara cómo ocurrieron los hechos, al mismo tiempo que rindiera su declaración.

De acuerdo con lo que dijo el subprocurador Mariano Herrán, se estableció finalmente que Fernando Balderas intentó abusar sexualmente de la concubina de Alejandro Pérez de la Rosa y que, previamente, había logrado violar a Josefina, esposa del jardinero. Éste fue el móvil del crimen y por este acto los tres empleados decidieron matarlo.

En relación con los hechos, el director de la PolicÍa Judicial, Luis Roberto Gutiérrez Flores, estableció que al momento en que los implicados agredieron a Fernando Balderas, éste se encontraba en la habitación principal y miraba la película Robin Hood, puesto que discutió con su esposa, quien se fue a recostar a un sillón en la sala.

No obstante, cuando la esposa escuchó ruidos extraños provenientes de la alcoba, que eran provocados por los golpes con el cincel con el cual luego le dieron muerte, decidió subir y, en ese momento, también fue sorprendida por los agresores.

Luego de descargar su furia contra Fernando Balderas, la ira y sed de venganza crecieron. Secos, fuertes y contundentes, Yolanda recibió 12 golpes en la cabeza con la varilla. Poseído por la maldad, enceguecido por la ira, Alejandro Pérez se dirigió a la recámara de Patricia Aline. Llamó a la puerta, con normalidad; ni siquiera intentó entrar por la fuerza ni abusó de la joven.

Patricia se incorporó de la cama y abrió; parecía molesta. Al ver al chofer, le dio una bofetada, por inoportuno. Con los ojos encendidos por la rabia y con el arma en la mano, Alejandro Pérez le asestó también 12 contundentes golpes en la cabeza.

De acuerdo con De la Rosa, en ese momento se detuvo y le dio el arma a su cómplice. Entonces, Martín se dirigió a la habitación de Paul Farid y, sin demora, lo golpeó en cuatro ocasiones en la testa, pero además le provocó una herida con un cuchillo. Al final, ya sólo quedaba vivo Fernando Carlos, a quien le dieron ocho golpes mortales también en la cabeza.

Cuando saciaron su sed de venganza, los asesinos reunieron objetos de valor, así como dinero, joyas y ropa. Pero en ese punto la historia cobró un giro inesperado.

Todos querían la mayor parte, pero sólo uno sería el que la tendría; entonces, se produjo un pleito entre homicidas. En ese momento, Martín Hernández decidió asesinar a su cómplice, el asesino, ya que tramó un plan en el cual sólo Pérez de la Rosa quedaría implicado, pues no había utilizado guantes, como él, ni había cubierto sus zapatos con calcetines, para cubrir sus huellas como lo había hecho el jardinero. Así que tras golpearlo también en la cabeza y creyendo que lo había matado, se dio a la fuga.

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Finalmente, luego de pasar 19 días en recuperación y tras declarar en torno al caso y presentarse en el lugar de los hechos para la reconstrucción de éstos, se estableció que el chofer era uno de los culpables, así como los otros empleados, quienes huyeron y a quienes ya se buscaba para llevarlos ante la justicia.

Cuando fue presentado ante los medios, Pérez de la Rosa reconoció haber atacado a Fernando Balderas, porque quiso abusar de su mujer y aceptó haber matado a Yolanda Figueroa y a Patricia Aline “porque era muy payasa”.

Alejandro Pérez de la Rosa fue enviado al reclusorio tras salir del Hospital Xoco. Posteriormente, se le dictó una sentencia de 150 años de prisión. Al escuchar la sentencia, se sintió como aliviado; parecía incluso soñar con una nueva vida.

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La mañana del 5 de diciembre de 1996, la policía del entonces Distrito Federal se presentó en el callejón Donato Guerra, debido a que los vecinos habían reportado un auto abandonado en el estacionamiento de una tintorería, el cual tenía las puertas entreabiertas.

Al sitio se presentaron algunos uniformados, quienes se dieron a la tarea de inspeccionar la situación, todavía sin imaginar la brutalidad siniestra detrás de lo que, al parecer, se trataba de un simple robo de auto.

Lograron determinar que el vehículo, un Mustang rojo, pertenecía a un hombre que respondía al nombre Fernando Balderas, con domicilio en el número 360 de la calle Crestón, en la colonia Jardines del Pedregal. Así pues, luego de cerciorarse de que no contaba con reporte de robo, hicieron la diligencia a la casa del señor Balderas para notificarle que debía mover su vehículo.

Algunas patrullas se apostaron al frente de la residencia de la familia Balderas y, al principio, solo un elemento se encargó de acercarse a llamar a la puerta, esperando dialogar con el dueño del coche y quizás de la residencia para así dar por terminada su labor.

Sin embargo, cuando notó que algo no parecía normal, en cuanto a que las puertas no estaban entornadas, llamó a sus compañeros, quienes se acercaron a observar con detenimiento a través de un resquicio que había.

No alcanzaron a percibir algo concreto, pero la duda generada por el tenso ambiente al interior, aunado a su sentido de sabueso, los puso en alerta. Llamaron ya no sólo con golpes secos en la puerta sino con la voz firme y fuerte; volvieron a tocar con mayor fuerza la puerta e insistieron por el interfón.

Es común que en aquella zona de la ciudad las casas sean de gran extensión de terreno y sus construcciones amplias, por lo cual, en la mayoría de los casos, se apoyan con servidumbre, como choferes, sirvientas, etcétera, para diversas labores; sin embargo, ni un alma parecía estar allí. No había rastro de vida.

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Entonces, tomaron la determinación de ingresar al domicilio, toda vez que los elementos sospechosos se acumularon desde el auto abandonadon, la puerta principal de la mansión entreabierta, que nadie contestaba a los llamados y había un silencio sepulcral.

Al ingresar en la casa, lo primero que percibieron los agentes fue un fuerte olor a muerte, la sangre derramada y los rastros de una batalla o de una masacre. Casi se podía escuchar lamentos y gritos de terror como si éstos hubieran esperado a que alguien llegara para manifestarse. Era un eco mortal.

Poco a poco se fue descubriendo una escena sangrienta, como extraída de una noche de pesadilla. En las diferentes habitaciones, los cuerpos de seis personas fueron descubiertos, todos asesinados tétricamente sin escrúpulos, casi como lo hace un hombre del campo con un conejo o una gallina, sin sentir que hace algo malo; les tuerce el pescuezo y luego los desuella. Y por dentro no siente el mínimo reparo, porque lo ha hecho tantas veces para poder comer el pan suyo de cada día.

Los primeros en ser encontrados fueron los cuerpos del matrimonio, Fernando Balderas Sánchez y Yolanda Figueroa, dos personajes cuya historia es aún más turbulenta y sórdida de lo que ya el asesinato planteaba.

Luego, los cuerpos de Patricia Aline, Paul Farid y Fernando Carlos de 18, 13 y 8 años, fueron hallados cada uno en su habitación, completamente bañados en sangre; y, como si al final de la infame hazaña los perpetradores hubieran sentido remordimiento, intentaron cubrirlos con algunos cobertores, pero todo resultó añadir más misterio al caso. Fueron dos grandes interrogantes: ¿por qué? y ¿quién pudo hacer eso?

Pero la incertidumbre creció cuando a uno de los seis cuerpos le detectaron signos vitales. Se trataba del chofer de la familia, que tenía la cabeza completamente ensangrentada y parecía deshecha como si lo hubieran molido a palos, pero aún semiconsciente.

Antes de perder el conocimiento, indicó el nombre de un familiar de la familia Balderas que, supuestamente, podría haber sido el responsable, ya que tenía viejas rencillas con Fernando Balderas Sánchez.

Una cuestión trascendió a primera vista para los investigadores y fue que todos los cuerpos presentaban en la cabeza una herida que parecía ser la de un disparo del tipo “tiro de gracia”, a manera de ejecución.

Cuando los vecinos se enteraron y rindieron sus primeras declaraciones, aseguraron que había sido el martes 4 de diciembre cuando escucharon ruidos extraños provenientes de la casa de la familia Balderas Figueroa, pero que no le dieron mucha importancia, ya que el ruido cesó pronto y ellos olvidaron casi de inmediato el asunto.

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Al realizar las primeras diligencias, los agentes investigadores se plantearon la posibilidad de que los asesinatos estuvieran relacionados con una venganza entre capos de la droga o con actividades ilícitas, ya que Ferndando Balderas -que había sido coordinador de asesores de la Policía Judicial del Distrito Federal (PJDF)- contaba con antecedentes penales por robo, extorsión, privación de la libertad, entre otros cargos.

Por su parte, su esposa, Yolanda Figueroa, había publicado un libro que abordaba aspectos del capo Juan García Ábrego, quien había sido capturado hacía un par de meses y, a decir de algunos colegas, el texto de su autoría no estaba documentado con precisión, sino más bien contenía datos sin validez, casi como chismes, lo cual le habría valido la inquina del capo. En cualquiera de las dos líneas, la venganza era la más sólida de las posibilidades.

La historia de la familia Balderas Figueroa era asaz peculiar. Amasaron una inmensa fortuna en un tiempo muy corto, pero era de llamar la atención que el modo de adquirirla no concordaba con sus actividades laborales.

Entre sus posesiones se encontraba la lujosa residencia en Jardines del Pedregal, además, no hacía mucho tiempo habían fundado una revista intitulada Cuarto Poder, cuya sede se ubicaba en Copa de Oro, en Ciudad Jardín; asimismo, contaban con una caballeriza en el Ajusco y un taller -que presumiblemente comerciaba con autos ilegales- en la céntrica calle de Izazaga y Eje Central Lázaro Cárdenas.

El excoordinador de asesores de la PJDF varias veces fue requerido por la autoridad mediante orden de aprehensión, pues se le acusó de extorsionar a agentes judiciales y comandantes; además, a través de su revista, se convirtió en artífice de la infame “lista de narcoperiodistas”, supuestamente inventada contra sus oponentes para ingresar a las filas de la PGR.

Todos estos elementos hacían pensar hasta al mejor y más perspicaz agente investigador que la respuesta se encontraba detrás de estos hechos. No había que buscarle tres pies al gato, simplemente seguir la línea que se presentaba ante ellos.

Sin embargo, había algo que no encajaba en todo el caso, que deshacía todas las conjeturas respecto al hecho evidente del asesinato contra la familia debido a sus actividades. ¿Por qué habían dejado a una persona con vida?

A todos los integrantes de la familia les habían dado el golpe de gracia en la cabeza con un objeto que se incrustó dentro de sus testas, acabando con sus vidas de manera instantánea; pero ¿por qué al chofer no le habían aplicado el mismo remedio contra la vida?

En tanto las investigaciones continuaban, también las autoridades esperaban que el sobreviviente despertara para que diera luz sobre el caso y, sólo de ese modo, poder llegar a la conclusión y obtener justicia.

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FUERTES SOSPECHAS CONTRA EL CHOFER

Finalmente, luego de permanecer en el Hospital Xoco por 19 días en terapia intensiva y bajo un fuerte dispositivo de seguridad, Alejandro Pérez de la Rosa, quien presentaba traumatismo craneoencefálico, no estaba en coma, como se había referido inicialmente en las declaraciones de los investigadores, sino sólo lo mantenían fuertemente sedado.

El chofer de la familia Balderas Figueroa confesó, pero su relato estaba lleno de sexo, violencia, abuso, venganza y asesinato. Aceptó haber asesinado sólo a algunos miembros de la familia, pero no a todos; asimismo, indicó que el quíntuple homicidio lo realizó en complicidad con el jardinero Martín Hernández y su esposa Josefina Hernández, ya que Fernando Balderas había violado a Josefina y luego había intentado abusar sexualmente de María, la concubina de Alejandro. De acuerdo con Pérez de la Rosa, el director de la revista Cuarto Poder y editor de la periodista Yolanda Figueroa, se había convertido en un monstruo sexual luego del éxito del libro de su esposa, en relación con el capo de las drogas Juan García Ábrego.

Meses después de la publicación, Balderas comenzó a abusar sexualmente de la mujer que ayudaba con las labores domésticas (la esposa del jardinero), así como también había intentado abusar de la concubina del chofer, en la misma mansión donde vivía con su familia.

Despiadado y cruel, Balderas se sentía realmente poderoso, debido a que en varias ocasiones había sido requerido por la justicia mediante orden de aprehensión, pero en ninguna lo habían detenido, siempre impune, ya fuera por violación, secuestro, extorsión.

Parecía tener un vínculo oscuro y secreto con las mismas autoridades, que se mostraban endebles para detener al monstruo. Pero el que a hierro mata a hierro muere, como suele decirse. Y la negra suerte que le deparaba su destino arrastraría a su familia junto con él.

Por tal motivo, desesperanzados, el jardinero y el chofer, así como Josefina, decidieron matar a la pareja, porque -según Pérez de la Rosa- la esposa sabía todo lo que ocurría en su casa, pero nunca dijo nada; era periodista, debía estar al tanto.

Al parecer, tres días antes de perpetrar los asesinatos habían decidido matar al jefe de familia y a la esposa; sin embargo, pronto cambiaron de idea, porque si dejaban vivos a los hijos,éstos podrían poner en sobreaviso a las autoridades, por lo cual debían acabar con todos y no dejar cabos sueltos. Así, el día del delito tramaron todo.

Pero pronto la codicia se presentó ante los asesinos, ya que luego de acabar con la vida de la familia Balderas Figueroa, los hombres discutieron, pues no estaban de acuerdo en la repartición del dinero y las joyas que encontraron en la casa y que habían decidido robar.

Así pues, Martín y Josefina atacaron a su cómplice Alejandro de la Rosa y lo dieron por muerto, dejándolo gravemente herido y desangrándose.

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El lunes 23 de diciembre de 1996, la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF) informó a LA PRENSA que durante la madrugada, Alejandro Pérez de la Rosa había sido trasladado de Xoco a la escena del crimen para que relatara cómo ocurrieron los hechos, al mismo tiempo que rindiera su declaración.

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En relación con los hechos, el director de la PolicÍa Judicial, Luis Roberto Gutiérrez Flores, estableció que al momento en que los implicados agredieron a Fernando Balderas, éste se encontraba en la habitación principal y miraba la película Robin Hood, puesto que discutió con su esposa, quien se fue a recostar a un sillón en la sala.

No obstante, cuando la esposa escuchó ruidos extraños provenientes de la alcoba, que eran provocados por los golpes con el cincel con el cual luego le dieron muerte, decidió subir y, en ese momento, también fue sorprendida por los agresores.

Luego de descargar su furia contra Fernando Balderas, la ira y sed de venganza crecieron. Secos, fuertes y contundentes, Yolanda recibió 12 golpes en la cabeza con la varilla. Poseído por la maldad, enceguecido por la ira, Alejandro Pérez se dirigió a la recámara de Patricia Aline. Llamó a la puerta, con normalidad; ni siquiera intentó entrar por la fuerza ni abusó de la joven.

Patricia se incorporó de la cama y abrió; parecía molesta. Al ver al chofer, le dio una bofetada, por inoportuno. Con los ojos encendidos por la rabia y con el arma en la mano, Alejandro Pérez le asestó también 12 contundentes golpes en la cabeza.

De acuerdo con De la Rosa, en ese momento se detuvo y le dio el arma a su cómplice. Entonces, Martín se dirigió a la habitación de Paul Farid y, sin demora, lo golpeó en cuatro ocasiones en la testa, pero además le provocó una herida con un cuchillo. Al final, ya sólo quedaba vivo Fernando Carlos, a quien le dieron ocho golpes mortales también en la cabeza.

Cuando saciaron su sed de venganza, los asesinos reunieron objetos de valor, así como dinero, joyas y ropa. Pero en ese punto la historia cobró un giro inesperado.

Todos querían la mayor parte, pero sólo uno sería el que la tendría; entonces, se produjo un pleito entre homicidas. En ese momento, Martín Hernández decidió asesinar a su cómplice, el asesino, ya que tramó un plan en el cual sólo Pérez de la Rosa quedaría implicado, pues no había utilizado guantes, como él, ni había cubierto sus zapatos con calcetines, para cubrir sus huellas como lo había hecho el jardinero. Así que tras golpearlo también en la cabeza y creyendo que lo había matado, se dio a la fuga.

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Cuando fue presentado ante los medios, Pérez de la Rosa reconoció haber atacado a Fernando Balderas, porque quiso abusar de su mujer y aceptó haber matado a Yolanda Figueroa y a Patricia Aline “porque era muy payasa”.

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