/ sábado 24 de julio de 2021

Regreso a clases, urge, pero…

por Alejandro Jiménez


Tiene toda la razón el presidente Andrés Manuel López Obrador cuando afirma que urge que los niños y las niñas regresen a clases presenciales: para no rezagarse académicamente, por salud mental y para no estar pegados todo el día a pantallas, sean de computadoras o de videojuegos.

Que regresen sí, y también celebro que se haga sin autoritarismo, como también prometió el Presidente: “a la fuerza, nada…” Como padre de familia suscribo cada letra de lo que dijo el jueves pasado.

En su colaboración publicada en este mismo periódico ayer, Luis Humberto Fernández, autoridad de la Secretaría de Educación Pública en la Ciudad de México escribió: “El regreso a clases para el ciclo escolar 2021-2022 será presencial, como ya ha instruido el Presidente López Obrador. No habrá momentos perfectos, pero lo que sí habrá es un daño y una pérdida de aprendizajes significativos si nuestras niñas y niños si no regresan a la escuela, en particular los de educación básica, que además de temas pedagógicos, necesitan interacción física y presencial con sus pares, para jugar, platicar, convivir, tener una infancia y adolescencia plena.”

Y termina diciendo que ya hay un porcentaje alto de personas vacunadas lo que hace menos riesgoso, epidemiológicamente hablando, el regreso.

Ahí es donde hay que detenerse a meditar, porque ha sido precisamente la mala evaluación de las autoridades de Salud las que nos ha traído hasta aquí, a tener un rebrote que si bien es mundial, se agrava por la displicencia de un secretario, Jorge Alcocer, y un subsecretario de Salud, el inefable Hugo López Gatell, que han demostrado tomar decisiones en función del humor de su jefe y no de lo que la ciencia recomienda.

Lo que preocupa no es la urgencia del regreso a clases, sino la minimización de la pandemia.

Llevada de la mano por sus funcionarios, la narrativa presidencial nunca ha sabido de picos o momentos de gravedad; siempre está todo controlado, no hay mayor peligro, el cubrebocas no sirve, vacunas sobran, la pandemia se ha domado varias veces, el actual es un rebrote marginal pero donde ya la mayoría de las personas está vacunada… etcétera.

Esta visión permanentemente triunfalista y distorsionada de las cosas es la que preocupa. ¿Con qué números epidemiológicos se ha decidido abrir las escuelas: con los reales o con los que el señor Presidente quiere oir?

La reapertura de clases en Campeche y aquí mismo en la Ciudad de México fue un fracaso, justo por subestimar el potencial de contagio que un salón de clases puede tener. Se tuvo que regresar a todos a casa, aun con números de contagio inferiores a los que estamos viviendo estos días.

Es decir, el gobierno debe actuar con responsabilidad y empatar lo deseable con lo posible, y no hacer que el deseo de una sola persona nos lleve a más momentos de tristeza y muerte en los hogares mexicanos.

Debe pesar más la vida de un ser humano que la voluntad presidencial.

En el USB...

Y hablando de minimizaciones, ahí está el director de la Comisión Federal de Electricidad, Manuel Bartlet, pidiendo en la semana a un reportero, según él de manera coloquial, que se quitara el bozal (sic) en una conferencia de prensa pública, bajo el argumento de que “la mayoría ya estamos vacunados”, dando a entender que no pasaba nada si se lo quitaba…

Claro que nos pasa (aunque no necesariamente nos mate) y claro que podemos contagiar a otros aun ya estando vacunados: potencialmente podemos matar a alguien no vacunado si somos portadores asintomáticos…

Justo ahí radica el problema de hacerle caso a los médicos equivocados....

por Alejandro Jiménez


Tiene toda la razón el presidente Andrés Manuel López Obrador cuando afirma que urge que los niños y las niñas regresen a clases presenciales: para no rezagarse académicamente, por salud mental y para no estar pegados todo el día a pantallas, sean de computadoras o de videojuegos.

Que regresen sí, y también celebro que se haga sin autoritarismo, como también prometió el Presidente: “a la fuerza, nada…” Como padre de familia suscribo cada letra de lo que dijo el jueves pasado.

En su colaboración publicada en este mismo periódico ayer, Luis Humberto Fernández, autoridad de la Secretaría de Educación Pública en la Ciudad de México escribió: “El regreso a clases para el ciclo escolar 2021-2022 será presencial, como ya ha instruido el Presidente López Obrador. No habrá momentos perfectos, pero lo que sí habrá es un daño y una pérdida de aprendizajes significativos si nuestras niñas y niños si no regresan a la escuela, en particular los de educación básica, que además de temas pedagógicos, necesitan interacción física y presencial con sus pares, para jugar, platicar, convivir, tener una infancia y adolescencia plena.”

Y termina diciendo que ya hay un porcentaje alto de personas vacunadas lo que hace menos riesgoso, epidemiológicamente hablando, el regreso.

Ahí es donde hay que detenerse a meditar, porque ha sido precisamente la mala evaluación de las autoridades de Salud las que nos ha traído hasta aquí, a tener un rebrote que si bien es mundial, se agrava por la displicencia de un secretario, Jorge Alcocer, y un subsecretario de Salud, el inefable Hugo López Gatell, que han demostrado tomar decisiones en función del humor de su jefe y no de lo que la ciencia recomienda.

Lo que preocupa no es la urgencia del regreso a clases, sino la minimización de la pandemia.

Llevada de la mano por sus funcionarios, la narrativa presidencial nunca ha sabido de picos o momentos de gravedad; siempre está todo controlado, no hay mayor peligro, el cubrebocas no sirve, vacunas sobran, la pandemia se ha domado varias veces, el actual es un rebrote marginal pero donde ya la mayoría de las personas está vacunada… etcétera.

Esta visión permanentemente triunfalista y distorsionada de las cosas es la que preocupa. ¿Con qué números epidemiológicos se ha decidido abrir las escuelas: con los reales o con los que el señor Presidente quiere oir?

La reapertura de clases en Campeche y aquí mismo en la Ciudad de México fue un fracaso, justo por subestimar el potencial de contagio que un salón de clases puede tener. Se tuvo que regresar a todos a casa, aun con números de contagio inferiores a los que estamos viviendo estos días.

Es decir, el gobierno debe actuar con responsabilidad y empatar lo deseable con lo posible, y no hacer que el deseo de una sola persona nos lleve a más momentos de tristeza y muerte en los hogares mexicanos.

Debe pesar más la vida de un ser humano que la voluntad presidencial.

En el USB...

Y hablando de minimizaciones, ahí está el director de la Comisión Federal de Electricidad, Manuel Bartlet, pidiendo en la semana a un reportero, según él de manera coloquial, que se quitara el bozal (sic) en una conferencia de prensa pública, bajo el argumento de que “la mayoría ya estamos vacunados”, dando a entender que no pasaba nada si se lo quitaba…

Claro que nos pasa (aunque no necesariamente nos mate) y claro que podemos contagiar a otros aun ya estando vacunados: potencialmente podemos matar a alguien no vacunado si somos portadores asintomáticos…

Justo ahí radica el problema de hacerle caso a los médicos equivocados....

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