/ sábado 22 de mayo de 2021

Los Maestros

En este tema tenemos que distinguir entre profesor y maestro. El profesor me enseña una ciencia, una técnica, un arte. El maestro se convierte en mi guía, mi asesor, mi ejemplo a seguir. Bastante claras las diferencias. Por eso, cuando a alguien lo llamo mi maestro lo hago con afecto y con admiración.

Me vienen a la mente los nombres de varios maestros, básicamente de la Facultad de Derecho de la UNAM. Primero me quiero referir a la maestra Monsalve, de la Escuela Secundaria Nocturna Número 3, que es donde tuve mi formación de secundaria. Cuando alguna vez me veía cabizbajo, me tomaba del brazo y me decía: Qué pasó Dávalos, nada de tristezas, la vista siempre arriba, arriba.

El maestro Guillermo Floris Margadant. Sus clases estaban sembradas de anécdotas, de chistes. Cátedras nada aburridas. Cómo me ayudó, para siempre, cuando me dijo: Jamás quieras leer un libro de principio a fin, se te va a hacer muy pesado, ábrelo en cualquier parte, ahí léelo, verás que te causará interés y cuando acuerdes estás a punto de acabar de leerlo.

Qué interesante la personalidad del maestro Ricardo Franco Guzmán: 93 años de edad, sube y baja las escaleras aprisa. Nació el 7 de febrero de 1928; 66 años de cátedra en la Facultad de Derecho; 71 años de abogado postulante, comenzó el 7 de junio de 1950. Fue mi maestro de derecho procesal penal. Siempre que lo abordo lo encuentro de buen humor, no desde ahora, desde siempre.

El maestro Héctor Fix Zamudio. Fue mi profesor en posgrado. Era una ametralladora disparando ideas, no podía uno distraerse porque luego costaba mucho tomar la relación de lo que estaba diciendo. Él me dirigió mi tesis de doctorado, la revisó página por página, todavía la conservo porque me gusta ver y repasar sus anotaciones.

Jorge Carpizo no fue mi profesor en el aula, fue mi maestro en la vida. Jamás daba una clase que no hubiera preparado, tal vez se dormía, a veces, a las 2 o a las 3 de mañana, pero luego, en el aula, impartía su lección con entusiasmo, con la fuerza que siempre le imprimía a su exposición. En la vida decía sí o decía no y eso se hacía, no había pasos hacia atrás.

Hay tanto qué decir de otros maestros, por ejemplo de Mozart Víctor Russomano, maestro brasileño que me abrió las puertas académicas del mundo. Ya habrá otra ocasión en que me sea posible hablar de él y de otros queridos maestros.

josedavalosmorales@yahoo.com.mx

En este tema tenemos que distinguir entre profesor y maestro. El profesor me enseña una ciencia, una técnica, un arte. El maestro se convierte en mi guía, mi asesor, mi ejemplo a seguir. Bastante claras las diferencias. Por eso, cuando a alguien lo llamo mi maestro lo hago con afecto y con admiración.

Me vienen a la mente los nombres de varios maestros, básicamente de la Facultad de Derecho de la UNAM. Primero me quiero referir a la maestra Monsalve, de la Escuela Secundaria Nocturna Número 3, que es donde tuve mi formación de secundaria. Cuando alguna vez me veía cabizbajo, me tomaba del brazo y me decía: Qué pasó Dávalos, nada de tristezas, la vista siempre arriba, arriba.

El maestro Guillermo Floris Margadant. Sus clases estaban sembradas de anécdotas, de chistes. Cátedras nada aburridas. Cómo me ayudó, para siempre, cuando me dijo: Jamás quieras leer un libro de principio a fin, se te va a hacer muy pesado, ábrelo en cualquier parte, ahí léelo, verás que te causará interés y cuando acuerdes estás a punto de acabar de leerlo.

Qué interesante la personalidad del maestro Ricardo Franco Guzmán: 93 años de edad, sube y baja las escaleras aprisa. Nació el 7 de febrero de 1928; 66 años de cátedra en la Facultad de Derecho; 71 años de abogado postulante, comenzó el 7 de junio de 1950. Fue mi maestro de derecho procesal penal. Siempre que lo abordo lo encuentro de buen humor, no desde ahora, desde siempre.

El maestro Héctor Fix Zamudio. Fue mi profesor en posgrado. Era una ametralladora disparando ideas, no podía uno distraerse porque luego costaba mucho tomar la relación de lo que estaba diciendo. Él me dirigió mi tesis de doctorado, la revisó página por página, todavía la conservo porque me gusta ver y repasar sus anotaciones.

Jorge Carpizo no fue mi profesor en el aula, fue mi maestro en la vida. Jamás daba una clase que no hubiera preparado, tal vez se dormía, a veces, a las 2 o a las 3 de mañana, pero luego, en el aula, impartía su lección con entusiasmo, con la fuerza que siempre le imprimía a su exposición. En la vida decía sí o decía no y eso se hacía, no había pasos hacia atrás.

Hay tanto qué decir de otros maestros, por ejemplo de Mozart Víctor Russomano, maestro brasileño que me abrió las puertas académicas del mundo. Ya habrá otra ocasión en que me sea posible hablar de él y de otros queridos maestros.

josedavalosmorales@yahoo.com.mx

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