/ sábado 17 de julio de 2021

España e Israel: enemigos gratuitos

“Por qué habríamos de ayudar a México”, dijo esta semana a The New York Times un funcionario israelí, interrogado sobre la posible extradición de Tomás Zerón, ex funcionario de los cuerpos de seguridad con Enrique Peña Nieto, acusado de varios delitos en el caso de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa.

Por qué ayudarnos, si nosotros, contra toda la tradición de no intervención en asuntos de otros países, votamos en la ONU para investigar a Israel por posibles crímenes de guerra hacia el pueblo palestino.

Tampoco avanza en los tribunales israelíes el caso contra Andrés Roemer, periodista y funcionario cultural con varios pendientes con la justicia mexicana en materia de delitos de naturaleza sexual. No hay tratado de extracción entre ambos países, pero antes se trabajaba a valores entendidos de solidaridad bilateral. Eso se acabó.

De la misma manera, el presidente López Obrador está sentido con el rey de España por no haberle contestado su insolente carta de solicitud de disculpas por la Conquista. Igualmente, esta semana dejó claro que tiene a todo el empresariado español estigmatizado, por algunos casos de indudable corrupción detectados en empresas constructoras de ese país, pero que de ninguna ameritaba la presidencial extrapolación a todo lo que venga de allá, como si estuvieran apestados.

Estos desplantes del gobierno mexicano, generados por los prejuicios personales del Presidente, dejan muy mal parada a la diplomacia mexicana, que de por sí estaba reducida casi a cero, llegando a negativa la vez en que a López Obrador se le ocurrió participar en un foro mundial a la mitad de su conferencia mañanera, sin cancelar ésta, sin poner atención a lo que decían los demás mandatarios. Una grosería, pues.

El canciller Marcelo Ebrard se ha encargado, con gran éxito (hay que decirlo) de la compra de vacunas, de levantar en la práctica el muro que pidió Donald Trump contra los migrantes y de atender asuntos ajenos a su responsabilidad, mientras que, en los hechos, se ejerce una diplomacia que viaja de a muertito, en un sexenio donde al Presidente de la República el mundo entero le tiene sin cuidado.

Como país no nos interesan los foros internacionales, ni los compromisos con el cambio climático (ya que vamos en sentido contrario fomentando combustóleo sin freno) ni los asuntos geopolíticos en general. Esta ha sido una administración que no pasa de mirarse el ombligo.

Pero si no construye nada en el mundo, tampoco debería romper relaciones sólidas, sólo por pruritos nacionalistas fuera de lugar.

Las cosas se solucionarán en el mediano o largo plazo; los tiempos diplomáticos son distintos a los de los efímeros mandatarios. Es difícil que se mantenga a Israel y a España en ese estatus de enemigos de México más allá del 2024. Pero no deja de ser injusto que la mala interpretación de la historia que hace un solo personaje, nos meta en este tipo de aprietos con pueblos hermanos.


En el USB…

En enero de este año, la Dirección General de Vinculación con las Organizaciones de la Sociedad Civil de la Cancillería mexicana editó el libro “México: visión multilateral”, donde se enlistan los pretendidos trabajos de inserción de México en el concierto de naciones mundial.

En poco más de 200 páginas se habla de nuestro supuesto compromiso con el cambio climático, con la migración, de “ciudades prosperas, inclusivas y felices”, con la no discriminación y la paz sostenible. Es decir, el trabajo regular de la diplomacia mexicana profesional, que participa de manera cotidiana y desde hace años en esos foros, lo cual no quiere decir que tengamos una posición de liderazgo, sino sólo el mantenimiento de esa presencia.

“Por qué habríamos de ayudar a México”, dijo esta semana a The New York Times un funcionario israelí, interrogado sobre la posible extradición de Tomás Zerón, ex funcionario de los cuerpos de seguridad con Enrique Peña Nieto, acusado de varios delitos en el caso de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa.

Por qué ayudarnos, si nosotros, contra toda la tradición de no intervención en asuntos de otros países, votamos en la ONU para investigar a Israel por posibles crímenes de guerra hacia el pueblo palestino.

Tampoco avanza en los tribunales israelíes el caso contra Andrés Roemer, periodista y funcionario cultural con varios pendientes con la justicia mexicana en materia de delitos de naturaleza sexual. No hay tratado de extracción entre ambos países, pero antes se trabajaba a valores entendidos de solidaridad bilateral. Eso se acabó.

De la misma manera, el presidente López Obrador está sentido con el rey de España por no haberle contestado su insolente carta de solicitud de disculpas por la Conquista. Igualmente, esta semana dejó claro que tiene a todo el empresariado español estigmatizado, por algunos casos de indudable corrupción detectados en empresas constructoras de ese país, pero que de ninguna ameritaba la presidencial extrapolación a todo lo que venga de allá, como si estuvieran apestados.

Estos desplantes del gobierno mexicano, generados por los prejuicios personales del Presidente, dejan muy mal parada a la diplomacia mexicana, que de por sí estaba reducida casi a cero, llegando a negativa la vez en que a López Obrador se le ocurrió participar en un foro mundial a la mitad de su conferencia mañanera, sin cancelar ésta, sin poner atención a lo que decían los demás mandatarios. Una grosería, pues.

El canciller Marcelo Ebrard se ha encargado, con gran éxito (hay que decirlo) de la compra de vacunas, de levantar en la práctica el muro que pidió Donald Trump contra los migrantes y de atender asuntos ajenos a su responsabilidad, mientras que, en los hechos, se ejerce una diplomacia que viaja de a muertito, en un sexenio donde al Presidente de la República el mundo entero le tiene sin cuidado.

Como país no nos interesan los foros internacionales, ni los compromisos con el cambio climático (ya que vamos en sentido contrario fomentando combustóleo sin freno) ni los asuntos geopolíticos en general. Esta ha sido una administración que no pasa de mirarse el ombligo.

Pero si no construye nada en el mundo, tampoco debería romper relaciones sólidas, sólo por pruritos nacionalistas fuera de lugar.

Las cosas se solucionarán en el mediano o largo plazo; los tiempos diplomáticos son distintos a los de los efímeros mandatarios. Es difícil que se mantenga a Israel y a España en ese estatus de enemigos de México más allá del 2024. Pero no deja de ser injusto que la mala interpretación de la historia que hace un solo personaje, nos meta en este tipo de aprietos con pueblos hermanos.


En el USB…

En enero de este año, la Dirección General de Vinculación con las Organizaciones de la Sociedad Civil de la Cancillería mexicana editó el libro “México: visión multilateral”, donde se enlistan los pretendidos trabajos de inserción de México en el concierto de naciones mundial.

En poco más de 200 páginas se habla de nuestro supuesto compromiso con el cambio climático, con la migración, de “ciudades prosperas, inclusivas y felices”, con la no discriminación y la paz sostenible. Es decir, el trabajo regular de la diplomacia mexicana profesional, que participa de manera cotidiana y desde hace años en esos foros, lo cual no quiere decir que tengamos una posición de liderazgo, sino sólo el mantenimiento de esa presencia.

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