/ sábado 31 de octubre de 2020

Cuento de Josefina Alberich

Dos niños: ella, Abril; el: Virgilio. El cuento se desarrolla en un lugar llamado Vinya Abril, en el Valle de Guadalupe, en El Porvenir, municipio de Ensenada, Baja California. Un lugar reconocido por sus olivos, vides, hermosos árboles frutales y olorosos romeros y lavandas.

En ese lugar vivían esos dos inquietos y simpáticos hermanos. Un día soleado, Abril corría entre sus árboles predilectos, los olivos, porque le gustaba ver cómo el viento juega con sus hojas que brillan en colores plata por los efectos del sol. En el Valle son comunes esos árboles, porque es costumbre de los lugareños plantarlos a la orilla de los caminos para proteger del viento a los viñedos y servir de guía a los moradores y visitantes.

Virgilio se divertía tirándole la pelota a Olivo y Tinto, sus juguetones perros que se entretenían recogiendo la bola. Abril lo invitó a un paseo al Cañón Hondo que conoció con su papá en una caminata hacía un par de años. Virgilio aceptó para ya. Caminaron un largo rato viendo la entrada del enorme cañón, cargado de plantas y grandes piedras.

Siguieron caminando para encontrar otras cosas que los impresionarían. “¡Todo lo que hay tan cerca y no lo conocemos!”, dijo Virgilio. También dijo que no perdieran tiempo y apuraran el paso para ver lo más que pudieran. Abril se puso a perseguir a un ave llamada correcaminos que se le había quedado mirando. Virgilio se recostó un rato bajo un frondoso pirul y al despertar de su breve siesta se percató de que su hermana no estaba. Abril, cansada y con hambre, preocupada por no dar con la salida a casa, de pronto vio a una niña kumiai, que le llamaba la atención por su vestimenta típica. Se acordó que la tradición kumiai contaba de un duende que vivía en el campo y se dedicaba a hacer el bien a quien sufría algún problema en los caminos del Valle de Guadalupe.

El duende le dijo: No te preocupes, el secreto está en seguir el camino de los olivos. Se despidió del duende con un beso, le agradeció a la niña kumiai. Ese camino la llevó de regreso a su casa, con el gusto de Virgilio y toda su familia.

Es un precioso cuento publicado con lujo por Editorial Siglo XXI. Los papás de los niños, Virgilio y Josefina, gozaron con enorme alegría la aparición del libro con el cuento. Lo vieron…, porque ella acaba de despedirse de su familia, murió dejando “El camino de los olivos”, que es, además, el nombre del cuento.

Dos niños: ella, Abril; el: Virgilio. El cuento se desarrolla en un lugar llamado Vinya Abril, en el Valle de Guadalupe, en El Porvenir, municipio de Ensenada, Baja California. Un lugar reconocido por sus olivos, vides, hermosos árboles frutales y olorosos romeros y lavandas.

En ese lugar vivían esos dos inquietos y simpáticos hermanos. Un día soleado, Abril corría entre sus árboles predilectos, los olivos, porque le gustaba ver cómo el viento juega con sus hojas que brillan en colores plata por los efectos del sol. En el Valle son comunes esos árboles, porque es costumbre de los lugareños plantarlos a la orilla de los caminos para proteger del viento a los viñedos y servir de guía a los moradores y visitantes.

Virgilio se divertía tirándole la pelota a Olivo y Tinto, sus juguetones perros que se entretenían recogiendo la bola. Abril lo invitó a un paseo al Cañón Hondo que conoció con su papá en una caminata hacía un par de años. Virgilio aceptó para ya. Caminaron un largo rato viendo la entrada del enorme cañón, cargado de plantas y grandes piedras.

Siguieron caminando para encontrar otras cosas que los impresionarían. “¡Todo lo que hay tan cerca y no lo conocemos!”, dijo Virgilio. También dijo que no perdieran tiempo y apuraran el paso para ver lo más que pudieran. Abril se puso a perseguir a un ave llamada correcaminos que se le había quedado mirando. Virgilio se recostó un rato bajo un frondoso pirul y al despertar de su breve siesta se percató de que su hermana no estaba. Abril, cansada y con hambre, preocupada por no dar con la salida a casa, de pronto vio a una niña kumiai, que le llamaba la atención por su vestimenta típica. Se acordó que la tradición kumiai contaba de un duende que vivía en el campo y se dedicaba a hacer el bien a quien sufría algún problema en los caminos del Valle de Guadalupe.

El duende le dijo: No te preocupes, el secreto está en seguir el camino de los olivos. Se despidió del duende con un beso, le agradeció a la niña kumiai. Ese camino la llevó de regreso a su casa, con el gusto de Virgilio y toda su familia.

Es un precioso cuento publicado con lujo por Editorial Siglo XXI. Los papás de los niños, Virgilio y Josefina, gozaron con enorme alegría la aparición del libro con el cuento. Lo vieron…, porque ella acaba de despedirse de su familia, murió dejando “El camino de los olivos”, que es, además, el nombre del cuento.

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